Hola, soy Edgar Vélez Ruiz, nacido en el Líbano en 1964, estuve hasta la 12 años. Mi familia es del Líbano y estoy rastreando mis ancestros y su amplia descendencia, mi padre Alirio Vélez Machado fue un escritor y periodista en el Líbano al igual que su tío -mi padrino- Alberto Machado Lozano. Tengo algunos periódicos y fotos que he utilizado en Recordando el Líbano y el grupo de FB Amigos del pasado histórico del Líbano, también tengo algunos cuentos cortos de mi autoría. Este material está disponible.

 

 Cuentos cortos

Este es un formato que he estado trabajando donde elaboro una historia en una hoja, como cuento corto. Actualmente estoy retomando historias de la familia -algunos personajes del Líbano- y con ellas intento crear el cuento. Le envío algunos ejemplos.

Sin un adiós es la historia basada en la muerte de mi padre, con algunos elementos de lo que fue su vida y la forma como abandonó su lucha, sus ideales y sus sueños.

Error divino, recrea la injusticia del azar, la carga que fue para mi tío Augusto Ruiz la muerte de mi primo Jairo, el sin sentido de la muerte; cosa que generó una serie de comentarios en el grupo de FB.

Olvido es una historia triste de una tía de mi mamá, religiosa, que se contagia de tuberculosis y muere en el olvido y abandono.


SIN UN ADIOS

A la memoria de mi padre , Alirio Vélez Machado

Al morir mi padre, un último suspiro fue su despedida, una despedida muy simple para un escritor que se fue apagando en medio de su penosa enfermedad, enfermedad que le significó una Pírrica victoria, habiendo conseguido que sus hijos le acompañaran en el final de sus días.

Viajó hacia la luz, libre de dolor y angustia, con la ilusión del creyente.  Dejó que su alma ocupara aquel vacío, las sensaciones mundanas que percibía a través de sus sentidos dejaron de existir, su alma alcanzaba un nivel superior.

En un principio su vida se fue repitiendo como una película, le sorprendió que pudiera haber sentido tantas cosas en su etapa fetal, cosas que en vida nunca pudo recordar;  personas, lugares y emociones que creía olvidadas, nuevamente regresaban. Luego se percató que esto mismo lo podía experimentar con otras almas; entonces, halló a quien alguna vez llamó “el hombre que no pudo asesinarme” quien irónicamente sólo tenía un fugaz recuerdo de haber firmado su orden de ejecución, no había sentido nada especial por él, no hubo odio, era sólo el cumplimiento de una orden del sistema que necesitaba aplastar la oposición.  Su “Sargento Matacho” seguía buscando el amor en hombres que sólo buscaban su cuerpo. Los gritos y horrores de la guerra eran más atroces de lo que pudo describir en su novela. Su vida política súbitamente cercenada… Exploró una y otra vez su vida y las vidas de conocidos y desconocidos.

Comprendió que no existía el tiempo; podía entrar y salir de las almas de las personas, lo mismo que ellas  podían escudriñar sus más ocultos secretos y temores. El alma era un libro abierto,  las virtudes y las culpas, lo bueno y lo malo estaban allí, el asesino encontraba a su víctima y éste a su verdugo, el alma estaba desnuda y no había donde esconder lo que alguna vez se había hecho o incluso pensado. De esta forma todas las almas llevaban, en sí mismas, su cielo y su infierno.

Se cansó de repensar su vida y las de los demás, dejó de inmiscuirse en las otras almas, porque lo que aprendía no le servía, porque nada iba a cambiar; se cansó de rumiar su vida, eternamente.

Al final –si es que había un final- sintió ansiedad,  se desesperó por encontrar el alma de la mujer que siempre amó y al mismo tiempo temió por  su llegada, porque es más fácil amar en silencio que explicar lo inexplicable. Explicar cómo y por qué se dejó morir en vida aquellos últimos años que terminaron con un simple suspiro.

Ragde/2010.

 

Error Divino

A la memoria de mi tío Augusto Ruiz y su hijo Jairo

 

El cuerpo de mi tío permanecía inmóvil, su mirada opaca y fija en el techo, sin pulso, sin respiración; en vano, mis manos se hundían en su pecho y de su boca, sin vida, regresaba mi aliento. Lo dejé en su lecho. Sin una palabra, mi sombrío rostro comunicaba a quienes le acompañaban el fatal desenlace de su penosa enfermedad.

 

Mientras tanto, el viajaba a través de un túnel; había paz en su interior.  Al llegar a la luz, el juez supremo de los cristianos le esperaba.

 

Augusto –se dirigió a el- ya estás a mi lado, sé que tu vida y obras han sido buenas, es éste el lugar que has ganado para vivir la vida eterna; sin embargo, noto tristeza en tu rostro y rencor en tu corazón...

 

-Cómo podría ser diferente? –respondió-  Tuve un hijo lleno de vida, su juventud era mi fortaleza, su alegría mi alegría.  Y tú, un día lo arrancaste de mi lado, sin un porqué, sin una respuesta. ¿Qué pecado estaba pagándote?...  Hundió, entonces, el rostro en sus manos y se apartó de la luz.

 

Al acercarme nuevamente a su cuerpo, asombrado, fui testigo de su inesperada recuperación.  A solas, me contó lo sucedido.

 

Ahora, permanece indiferente, en silencio, apenas come, continúa con la mirada fija en el techo; tendido en su lecho de enfermo espera una muerte que sabe: nunca llegará.  Porque Dios nunca aceptará que pudo haberse equivocado.

Ragde

 

Olvido

(Basada en un relato real de mi familia)

 

Susana Peláez Villegas, la adorada hija de Manuel y Laura, un buen día, decidió seguir el camino del Señor;  como lo exigía el Concilio de Trento era necesario tener vocación, vida y costumbres sanas, al menos quince años de edad, aptitud física para poder observar las reglas, no haber pertenecido a otra orden, no ser casada, legitimidad de nacimiento, limpieza de sangre –requisitos que cumplía a cabalidad- y además, pagar una dote, cosa que no tuvo problema su familia, en especial su hermano Marco Aurelio,  que la vio partir, ilusionada, a su vida religiosa.

Los caminos de Dios la llevaron a dedicar su vida al servicio de los enfermos terminales, -“tísicos” como se le conocía- atendiendo su dolor, su ahogo, su fiebre, su tristeza y abandono.

 Con el paso de los años, su actividad como hermana de la caridad cobró su precio y se contagió de tuberculosis, enfermedad impura, que imponía un obligatorio aislamiento social. Lo intentó ocultar y en silencio lo aceptaba como una “temporal” prueba divina.

Para cuando su enfermedad se hizo manifiesta, la madre superiora tomó la “penosa” decisión de devolverla a su familia, que, a su vez, la ubicó en una retirada finca para que pasara allí sus últimos días

Finalmente murió;  sola, en un granero, ahogada en sus propias secreciones hemáticas…  y Dios no mostró compasión por ella.  Antes de morir una frase irónica provino de sus labios, con el último aliento pronunció: “Mal paga el Diablo a quien bien le sirve… y parece que Dios aprendió a hacer lo mismo”.

Ragde (2011)


Retorno

Nuevamente recorro las calles de mi pueblo.

Es un reencuentro con lo que me es querido,

con las cosas que vivieron junto a mí

y que seguirán allí, perennes al paso del tiempo.

 

Yo, el niño que jugaba en estas calles, he crecido.

Ahora, mis pasos les son desconocidos

a aquellas mismas calles

que me enseñaron a caminar.

 

Mi pueblo también ha crecido;

creció en una larga noche,

mientras me hacía viejo en otras tierras

-convirtiéndome, ahora, en un extraño-.

 

Este crecimiento que se robó mis amigos,

que incorporó nueva gente a mi raza;

hace que estas calles traten de ocultar

los bellos recuerdos que me pertenecen.

 

Nuevamente, recorro las calles de mi pueblo.

La gente, al verme pasar, comenta:

-vean al hombre que viene tras sus recuerdos

-vean a quien es forastero en su propia tierra.

 

Recuerdos... es todo lo que poseo de mi pueblo,

Tan sólo eso...  Recuerdos.

                            Ragde

 

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